¿Te ha sucedido que, por lucha de poderes, de ver quién puede más, dejas ir una oportunidad o peor, a un ser querido? El ego puede ser nuestro más fiel acompañante y nuestro más cruel adversario. Estar centrados en nosotros de una forma ególatra no puede llevarnos a nada bueno. Es importante no perder de vista que debemos ser empaticos con nosotros mismos sin descuidar a quienes nos rodean.
El paso inicial para poder identificar si estamos siendo egoístas es reflexionar y aceptar nuestras acciones y actitudes. Piensa cómo tus acciones pueden llegar a afectar a las personas que están involucradas, ¿les estás haciendo daño consiente o inconscientemente? Si la respuesta es sí, continuemos con los siguientes pasos.
Trata de cambiar tu perspectiva, analizar y reflexionar siempre será parte del proceso. El cambio requiere trabajo diario y ser consciente de que no siempre estamos en lo correcto. A veces debemos modificar acciones y actitudes para poder llevar la convivencia en paz, sin afectar a nadie y que nadie nos afecte.
No somos el ombligo del mundo ni la última soda del refri, estar conscientes de esto nos ayudará a ser más empáticos y menos egoístas. Toda persona merece un respeto, sin importar si hay reciprocidad o no. A veces estamos tan centrados en nosotros mismos que dejamos a un lado las necesidades del prójimo.
Escucha activamente las necesidades y problemas de otro, escuchar es diferente que oír. Hay que prestar atención a todo el lenguaje de una persona. Alguien puede decir poco con palabras, pero mucho con gestos, actitudes o lenguaje corporal. Aprendamos a recibir esas señales y a procesarlas para entender a los demás.
Esforcémonos por ser capaces de dejar atrás el egoísmo y ser más empáticos. La clave está en el esfuerzo diario.
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